1 Pedro 1:15-16
Pero, así como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en todo lo que hagáis; pues está escrito: «Sed santos, porque yo soy santo».
Perspectivas bíblicas
«Sed santos, porque yo soy santo». A primera vista, esas palabras parecen un ideal inalcanzable. Pero Pedro —quien en su día le cortó la oreja a un hombre en público— sabía por experiencia que la santidad no tiene que ver con la perfección, sino con la transformación.
Pedro había recorrido el largo y humillante camino que va del fracaso impulsivo a convertirse en un líder lleno del Espíritu. No era santo porque se esforzara más. Se había vuelto santo porque se mantuvo cerca de Aquel que lo es.
Nuestra denominación nació en medio del fervor del avivamiento de la santidad. Creíamos entonces —y seguimos creyendo ahora— que una vida llena del Espíritu puede ser radicalmente diferente: marcada por el amor, la pureza y el poder. En nuestros peores momentos, hemos reducido la santidad a normas y comportamientos. Pero la verdadera santidad es mucho más hermosa. Se trata de cobrar vida plenamente en Cristo.
La santidad es el Espíritu que nos moldea para convertirnos en personas que perdonan cuando cuesta, aman cuando resulta incómodo y viven con integridad cuando nadie nos observa. Es una vida tan radiante que atrae a los demás, no hacia nosotros, sino hacia Jesús.
Pedro nos recuerda: «Su poder divino nos ha dado todo lo necesario para llevar una vida piadosa» (2 Pedro 1:3). La santidad no es algo que tengamos que descubrir por nuestra cuenta. El Dios que nos llama a ser santos también nos santifica. Y eso lo cambia todo.
Oración de hoy
Jesús, no solo nos llamas a la santidad, sino que la haces posible. Llénanos de tu Espíritu. Haz de nosotros personas cuyas vidas te reflejen. Haz que resplandezcamos, no para nuestra gloria, sino para que otros se sientan atraídos hacia ti.
—Gabriela Rodríguez
Pastora principal, Iglesia del Nazareno Trinity (Oklahoma)
