1 Tesalonicenses 4:7-8
Porque Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a una vida santa. Por lo tanto, quien rechaza esta enseñanza no rechaza a un ser humano, sino a Dios, el mismo Dios que os da su Espíritu Santo.
Perspectivas bíblicas
Me encanta este pasaje porque nos recuerda que la llamada de Dios no consiste simplemente en creer, sino en transformarnos. No solo somos rescatados del pecado; se nos invita a una vida de santidad. Pablo lo deja claro: rechazar esta llamada no es ignorar las enseñanzas humanas, sino resistirse al mismo Dios que nos da su Espíritu para transformarnos.
Esta es la esencia del discipulado: crecer en la gracia hasta que se forme en nosotros la imagen de Cristo. La santidad no consiste en cumplir normas de forma rígida, sino en el amor llevado a su plenitud. El Espíritu transforma nuestro carácter y nuestros deseos para que reflejen a Jesús.
Como dice el viejo himno: «Tú eres el alfarero, yo soy el barro». En mis manos, el barro se convierte en algo tosco y deforme. Pero en manos de un maestro escultor, se convierte en algo hermoso. Lo mismo ocurre con nosotros: el Espíritu nos moldea a imagen de Cristo.
Ser como Cristo significa vivir cada día en entrega, dejando que el Espíritu purifique nuestras intenciones, fortalezca nuestra obediencia y profundice nuestro amor. Esta es la vida a la que estamos verdaderamente llamados.
Oración de hoy
Señor, moldea nuestras vidas por medio de tu Espíritu a la imagen de Cristo. Purifica nuestros corazones, profundiza nuestro amor y fortalece nuestra obediencia. Que no solo te sigamos, sino que también lleguemos a ser como tú: santos, entregados y comprometidos con hacer discípulos.
—Sam Barber
Director global, Nazarene Discipleship International
