Sábado, 2 de mayo de 2026


Gálatas 2:20

He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. La vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Perspectivas bíblicas

Me encanta la «parte de la resurrección» de la vida en Cristo. Lo difícil es morir. La etapa previa a la resurrección —el desprendimiento, el dolor, la rendición— puede resultar abrumadora. Incluso como seguidores de Jesús, a menudo nos resistimos instintivamente al sufrimiento. Nos aferramos a la comodidad, a la seguridad. Pero la verdad sigue siendo la misma: la resurrección requiere la muerte.

Dietrich Bonhoeffer escribió una vez: «Cuando Cristo llama a un hombre, le invita a venir y a morir». Esa llamada va en contra de nuestros instintos más profundos de supervivencia. Celebramos la muerte de Cristo por nosotros —a veces con lágrimas, a menudo con reverencia—. Oímos decir: «Jesús murió para que nosotros no tuviéramos que hacerlo», pero eso es solo una parte de la historia.

En Cristo, Dios reveló el amor abnegado que había destinado a la humanidad desde el principio. Cuando nos entregamos —cuando permitimos que nuestro ego, nuestro orgullo y nuestro instinto de supervivencia sean crucificados con Cristo—, dejamos espacio para que su vida se forme en nosotros.

Este es el milagro de la gracia: por la fe, Cristo comienza a vivir en nosotros. Morir es difícil, pero en la fe descubrimos que Él realmente nos da vida desde la muerte.

Oración de hoy

Padre, gracias por entregarnos a tu único Hijo. Jesús, gracias por tu sacrificio obediente en la cruz. Espíritu Santo, gracias por darnos la fuerza para vivir en Cristo, participando de su muerte y resurrección a través de tu gracia y tu presencia.

—G. Dale Benson
Pastor principal, The Naz Church (Ohio)


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